El verdadero costo de la “mordida”: perder la confianza en la autoridad que debería brindar seguridad

La cartera bajo inspección: el uniforme convertido en instrumento de extorsión
Un video difundido en redes sociales exhibe hasta dónde puede llegar la corrupción: un presunto agente no sólo exige dinero, sino que aparentemente revisa la cartera del ciudadano para determinar cuánto puede quitarle.

✍🏻 Fernando Flores

La escena es indignante. Un hombre uniformado, quien debería representar la ley y brindar seguridad, aparece revisando la cartera de un ciudadano como si tuviera derecho a decidir cuánto dinero puede arrebatarle.

No parece estar verificando documentos ni aplicando una sanción conforme a un procedimiento legal. Aparentemente está contando el dinero disponible para cobrar una “mordida”. No espera que la víctima le ofrezca algo: inspecciona sus pertenencias para calcular el tamaño del abuso.

Eso no puede reducirse al término coloquial de “mordida”. Lo que muestran las imágenes podría constituir una presunta extorsión y un abuso de autoridad. Es el uso del uniforme, la placa y la posición de poder para intimidar a una persona y obtener un beneficio económico.

La escena resulta todavía más grave porque refleja una relación completamente invertida: el ciudadano teme a quien tendría que protegerlo.

¿Hasta dónde hemos permitido que avance esta descomposición?

En México, demasiadas personas se sienten indefensas cuando son detenidas por algún agente. No saben si enfrentan una revisión legítima, una infracción real o el comienzo de una negociación ilegal en la que el uniforme se transforma en amenaza.

Y cuando el presunto servidor público llega al extremo de revisar la cartera del ciudadano, ya no estamos frente a una irregularidad menor. Estamos ante una conducta humillante que despoja a la víctima de su dinero y también de su dignidad.

Ninguna persona está obligada a entregar efectivo a un agente para evitar una multa, recuperar documentos o continuar su camino. Las infracciones deben quedar asentadas formalmente y cubrirse mediante los mecanismos oficiales correspondientes. La calle no puede convertirse en ventanilla clandestina de cobro.

También es necesario decirlo: estos actos perjudican a los policías honestos. Cada agente que presuntamente extorsiona desde una patrulla deteriora la confianza pública en toda la corporación. Después, incluso una actuación legítima puede ser recibida con miedo y sospecha.

No bastan comunicados asegurando que habrá “tolerancia cero”. Si la autoridad correspondiente identifica al elemento que aparece en el video, debe separarlo de cualquier función operativa mientras se investiga, garantizar la protección de la víctima y hacer públicos los resultados. Si existió un delito, el responsable debe comparecer ante la justicia; no basta con cambiarlo de turno o enviarlo a otra zona.

La corrupción policial no desaparecerá mientras sus consecuencias se limiten a una llamada de atención o a una suspensión temporal. Se necesitan cámaras corporales, identificación visible, controles internos independientes, medios seguros de denuncia y sanciones efectivas.

El video debe investigarse y contextualizarse antes de atribuir responsabilidades definitivas. Pero las imágenes plantean una pregunta que ninguna autoridad debería ignorar:

¿Quién protege al ciudadano cuando el presunto extorsionador es precisamente quien porta el uniforme?

México no puede acostumbrarse a estas escenas. Normalizar la “mordida” es aceptar que la ley tenga precio y que la autoridad pueda revisar nuestra cartera para decidir cuánto vale dejarnos en paz.

Eso no es seguridad pública. Es la degradación de la autoridad y una traición abierta a la confianza ciudadana.

Deja una respuesta

Descubre más desde

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo